El temblor

September 18th, 2009 @ Antonio Trejo

1


La habitación morada tiene la puerta un tanto abierta. Sólo entra un poco de luz, por lo que se alcanza a ver la luna colgada del techo con el payaso de la tenue sonrisa.

Más abajo hay dos bailarinas de tutú rosado dando vueltas al ritmo de la cajita musical, y junto a ellas, un unicornio de blanca porcelana las mira sonriente y perverso. La habitación comienza a sacudirse violentamente. 
Mona permanece en la orilla de la cama; no deja de mirar la ventana. Algo en el cielo le anuncia la llegada de alguien importante. No suele ser creyente de las predicciones ni de la colocación de los astros; pero sabe, muy dentro de sí, que alguien vendrá a tranquilizar al mundo de sus constantes pánicos y temores.
 
La ciudad ya desde hace tiempo es un caos: robos, violaciones, terremotos, inundaciones, secuestros, epidemias. La gente camina apabullada entre las calles, mirando de un lado a otro con los ojos bien abiertos. No falta quién cargue una navaja para defenderse; pero a la “Muñeca de porcelana” esas cosas le tienen sin cuidado, presiente que hay algo más, no sabe qué con exactitud… pero lo que sea… ella estará ahí para presenciarlo.
 
En el cuarto de al lado la televisión da las últimas noticias: “…fuerte temblor sacudió a la ciudad, no se reportan muertos ni heridos. Se recomienda a la población mantener la calma y tener todas las precauciones posibles a causa de una posible réplica.”
 
-      Mona… ¿Escuchaste? -pregunta su madre al entrar de improviso a la habitación morada y la despierta con su señal de alarma- ¿Me oyes, Mona?… ¡Niña! Tú siempre en la nube, ¿no sentiste el temblor?
 
Sobresaltada por la precipitación de su madre, la mira con desdén y levanta la mano en señal de calma. Luego respira profundamente y le pregunta:
 
-      Madre, ¿por qué tanto alboroto? ¿No ves que estoy meditando?
 
La “Muñeca de porcelana”, como le dicen algunas personas, es la típica gothic-lolita clásica del anime y el manga japonés. Usa vestidos de muñeca victoriana, con encajes y vestidos cortos con vuelos amplios; medias negras o blancas, zapatos infantiles y gorritos, moños y listones en el cabello. Un atuendo bastante… inusual para la vida diaria.
 
Viven solas desde hace 8 años. El padre se fue con una familia intelectual y de alta cultura, el hermano mayor se casó muy joven y el pequeñito aún no llega.
 
-       ¡El temblor, Mona!… ¡El temblor! –sobresaltada, la madre prende una linterna de mano y se mete debajo de la cama- Ven, aquí abajo estaremos a salvo. En cualquier momento volverá a temblar, lo escuché en la televisión.
-      Pero si estamos en un cuarto piso mamá.
-      Tienes razón… Debemos esperar la replica en una zona de seguridad. ¡Llevemos lo indispensable!… latas, linterna, un botiquín de primeros auxilios y… ¡el celular! –la angustia devoraba a Carmen- ¡Te veo afuera Mona, en la zona segura del parque!
 
Mona cuenta hasta diez muy lentamente y se da a la tarea de alcanzar a su madre, quien ya aparta lugar en la zona indicada por las autoridades para caso de temblor. Pero la mujer no está sola, le acompañan una familia en pijama, una vecina cubierta únicamente con una toalla que tiembla por las gotas que resbalan en su espalda desde su cabellera larga y mojada, un vecino con su perro y un policía en calzoncillos.
 
Ella sabe que los temblores no son cosa de juego, pero también está convencida de que el miedo, sobre todo expresado de esa manera tan ridícula, sólo estropea la dimensión real de las cosas. Por ello decide tomar el control del asunto.
 
El clima le parece tener toques románticos -un poco de viento y el cielo totalmente despejado-; piensa que podría ser un buen momento para una agradable velada. Regresa a su casa y busca entre los escombros una guitarra vieja. Sale y se acomoda en el piso con las piernas cruzadas, los vecinos mas Carmen no dejan de verla extrañados.
 
Su rareza no es algo nuevo, pero aún así nunca es suficiente tanto asombro frente a personitas tan extrañas. Acomoda la guitarra y entona una melodía relajada y de tono tristón. Su voz no es una virtud, pero la interpretación basta para atrapar cualquier mirada.
 
 Un suceso extraordinario como ese, dentro del pánico colectivo, después de un rato parece de lo más natural. Vecinos angustiados en espera de la réplica del temblor, caritas preocupadas en las ventanas analizando el movimiento de la calle, personas en el parque justo en medio de la zona protegida, y una joven en el suelo tocando la guitarra.
 
La calma empieza a recorrer poco a poco las calles y pronto la nostalgia y la ternura dominan el ambiente. Ella espera hasta ser completamente el centro de atención. El raspado de su guitarra aumenta de velocidad, así como las manos y los pies de todos aquellos que escuchan la alegría hecha sonido. Voces rítmicas, palmadas, pasos de baile: una armonía musical inunda la ciudad.
 
De pronto la suculenta voz de Carmen sacude al mundo con su timbre musical. Siempre se le ha conocido por esa magnífica voz, y en medio de esta gran fiesta, es más que bien recibida. Júbilo y alegría ronda en la colonia.
 
El suelo en el que Mona esta sentada se sacude; pero nadie más se da cuenta. ¡Los vecinos dentro de la zona de seguridad están felices de verdad! ¡Es contagioso! ¡La gente baila! ¡Todo parece ser una gran fiesta! Los edificios se han vaciado, todos gozan del carnaval improvisado en el sitio de seguridad.
 
Nadie identifica el retumbar de los tambores improvisados y las palmadas del retumbar de la réplica. A lo lejos, en un séptimo piso, un viejito se asoma asustado por el violento movimiento del terremoto, sus ojos saltones reflejan su sentimiento, y Mona lo entiende; pero lo ignora, ahora lo importante es ahuyentar al pánico colectivo, el miedo de sólo un individuo carece de importancia, aunque ese individuo sea su abuelo.
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